Adolescente. Salía a caminar con los dos perros. A Dayan lo había criado. Mi hermano me lo trajo porque lo encontró abandonado. Lo alimenté a biberón. Con un botellín de cerveza y una tetina. Pero en ese momento no me tenía como madre. Tenía claro quién era en la manada. La hija. Así que su igual.
El otro era Perico. Ambos buscaban tenerme en exclusiva.
Con dieciséis nos mudamos al piso. Eso me alejó de esas dinámicas. Apenas iba por la vaquería. No estaba lejos, pero yo me centraba en otras cosas.
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