Llegué a la vida el verano del cincuenta y cuatro.
El silencio era dominante.
Había ropa tendida. (Niños que podían escuchar).
La afectividad se reprimía. Darse un beso de amor ni en el cine.
La censura estaba interiorizada.
La escuela aplicaba la regla de la letra con sangre entra.
A los mayores se les respetaba, porque sí. En principio sin tutearlos.
Finales de los sesenta la cosa fue cambiando.
Una cierta apertura.
No recuerdo cuando empecé a tutear a mis padres. Lo hice antes que mi hermano.
A nosotras no se nos dejaba vestir pantalón. Empecé a usar los elásticos azules de gimnasia.
Tenía un hermano año y medio mayor que yo. Reclamaba poder tener y hacer lo mismo. Ilusa.
Muchas veces me enfadé. No entendía diferencias.
Cuando empecé las lecturas de novelas sacadas de préstamo de la Biblioteca municipal, a partir de los catorce, empecé a plantearme que se podía vivir de otra manera, sin la represión y moral impuesta.
Creo que fue la semilla que me llevó a buscar la libertad.
Siempre digo que tuve suerte, porque el mundo empezó a cambiar y mi entorno social aflojó.
Estudiar me dio la alternativa. Trabajar la autonomía.
Desde mi presente reviso aquel tiempo.