Caminaba en la oscuridad con toda seguridad. Sabía qué pasos dar, y qué esquivar.
Era el trayecto de recuerdo permanente, a casa, bajo iluminación de bombillas o luna. Los ojos se adaptaban a las formas y giros que dabas. Entraba tras un iluminado anochecer bajo farolas y vida activa. Llevaba libros y cuadernos, estuche o plumier.
Volvía después de pagar con tiempo un castigo injusto.
Escolarización en tierna edad, de los cinco a los diez por cumplir, en aquel colegio clasista, donde me quisieron achicar.
En ese castigo, nos tenían en aula cerrada y maloliente, con las internas.
Peor ellas. No tenían ese retorno que al fin me liberaba.
Allí me hicieron fuerte.
Resisto tormentas y negativas de un mundo mal trazado, donde valer no vale.
Te humillan si pueden.
Amar el conocimiento es mi estímulo vital.
No lo pudieron anular.
Lo que me atrae y estimula me lleva a profundizar.
Malas madres. Monjas que exigían y no sabían llegar al alma de una niña que fui en aquellos cincuenta y sesenta.
Fui dando pasos con seguridad.