Nuestros peques, que ya tienen ocho años, llevan días pensando en la noche del veinticuatro.
En mi caso, esa no era la cita. La mía era en enero.
A ellos se les ha complicado.
Este año no será fácil encontrarse en un mismo lugar.
La realidad es otra.
Imagino que cada uno presiona por su lado.
Son tres y se ven venir otro escenario.
Desde la lógica adulta es difícil ponerse en lo que a ellos les impulsa.
Mentes lógicas que aún sueñan con esa fantasía socializada.
A mí, mi hermano me desveló el secreto. Él siete años recién cumplidos y yo cinco.
No puedo revivir qué se perdió ese día. Aunque una impronta permanece. Una tragedia vivida.
Pasaron los años y en la vejez de mis padres, fui yo la que hizo de reina.
Actualmente, sin ellos, los días que se aproximan se cargan de muchos recuerdos.
La última con mamá y papá. A esa cena de Nochebuena vino mi hermano. Él sólo. Dijo que quería pasarla con nosotros. Al día siguiente volvimos al hospital. Esa noche de vigilia continuada es mi recuerdo. Atendiendo a mamá. En dos de febrero se terminó su ciclo.
Todos los supuestos sobre papá no se cumplieron. La sobrevivió cuatro años.
Con él, su última Navidad fue dura. Cambiaba. Su mente se confundía. Costaba convivir. El camino se fue haciendo duro.
Acabó quedándose en casa.
La última salida en Semana Santa. El jueves.
En julio un golpe de calor lo llevó a una hospitalización y una infección respiratoria hospitalaria le cerró el camino. En septiembre, el día que hubiéramos celebrado su noventa y un cumpleaños, sepelio.
Desde que ellos no están, diez años. La fecha que se aproxima está cargada de ausencias.
Nunca seré la misma.